De la relación entre un maestro y sus alumnos

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Notas de realidad

pedagogía

por Luis Valenzuela Martínez
Madrid, España
1 de diciembre de 2025

«Maestro que no aprende de su alumno,
no será tan maestro como molesto».
De la nada a la tragedia.

No dedicaré aquí grandes esfuerzos para explicar la caída en desgracia de la tradicional relación dialéctica entre un maestro y sus discípulos. Baste por ahora señalar su obsolescencia a tenor del surgimiento de una nueva sensibilidad. En cambio, prefiero esbozar por qué me parece en todo incompatible con los lineamientos más fundamentales de la reología, siquiera someramente. Comenzaré señalando los motivos por los que dicha relación ha quedado desfasada y continuaré esbozando un dintorno de lo que, en mi opinión, supone el modelo de relación que reclama hoy el ámbito de la investigación en general.

Decir, primero, que esta relación dialéctica entre maestro y discípulos implica de plano una relación asimétrica y claramente diferenciada entre quien posee las respuestas y quienes aún las están buscando. Dialéctica que tiende a explotar esta asimetría —que, por otra parte, es característica de la relación educativa actual— suponiendo la necesaria asimilación y superación que el discípulo habrá de ejercer para completar su formación, y que deja la puerta abierta a la proliferación de grupúsculos escindidos en izquierdas y derechas, ortodoxias y heterodoxas, y otras estructuras similares que conducen, velis nolis, hacia falsos dilemas e infructíferas dicotomías.

Es palmario que la reología no puede seguir replicando este esquema. Por un lado, porque se piensa como herramienta y no como filosofía de autor, es decir, como infatigable erotética que acompaña a lo real en su dinamismo y no como recetario dogmático de axiomáticas respuestas. Pero cabe alegar, además, la siguiente razón fundamental: si lo real es trascendentalmente κοινωνία (comunidad), la investigación fundamental de lo real que aspire a ser físicamente responsable deberá desplegarse ella misma de forma comunitaria, como bien señaló mi compañero Lucas en otra Nota. Y es al investigar en comunidad como descubrimos, como una ineludible y patentemente sentida realidad, que aquella relación pétrea entre maestro y discípulo ha perdido ya toda su firmeza.

Aquella relación pétrea entre maestro y discípulo ha perdido ya toda su firmeza.

Primero, porque no conviene hablar ya de discípulos en la medida en que se consideren receptáculos vacíos, pasivos y acríticos de alguna privilegiada o perenne sapiencia. Y, segundo, y a mi parecer más importante, porque al haber perdido tal fuerza la susodicha relación nos vemos instados a reconocer que el maestro, si bueno, ha de estar pensando y aprendiendo continuamente con y de sus alumnos en pos de aquella realidad que nos excede a todos. De manera que no cabe hablar más de una relación dialéctica, sino más bien de una relación analéctica entre un maestro y sus alumnos. Y será analéctica por razón de integrar a las partes sin necesidad de asimilar por principio una a ninguna otra.

Pero es que, además, hilando fino, habría que decir que investigar en comunidad implica el cultivo de los lazos que entretejen una comunión epistémica (si se me permite la expresión), en la cual, aunque en grados diferentes, quedan todos sus integrantes como maestros y alumnos de los demás; es el culmen de esta relación analécticamente considerada. «Comunión» no señala aquí un monótono y asfixiante pensar homogéneo, ni tampoco una amalgama de inconexas heterogeneidades, sino, antes bien, el esfuerzo comunicativo como elemento mediador de perspectivas, esfuerzo capaz de armonizar —sinceridad mediante— sus disonancias en aras de enriquecer nuestra comprensión de lo real.

Esto no quiere decir, ni mucho menos, que no quepa hablar en absoluto de maestros y alumnos o aprendices. Creo hablar en nombre de nuestra comunidad cuando afirmo la especial importancia de la vocación y el compromiso de Carlos Sierra-Lechuga, fundador, y Gerardo Trujillo-Cañellas, a la hora de acompañar a quienes, como yo, se han iniciado más recientemente en los andares de la reología filosófica. La cuestión se juega en los gradientes. Y aunque estrictamente, en comunidad, la relación se debilite, tal vez pueda hablarse de algo así como un primus magister o ὁ πρῶτος διδάσκαλος, o tal vez sea innecesario proliferar más términos habiendo entendido el significado.

Sea como fuere, en comunidad lo aprenderemos. Una cosa tengo clara: el primer y último magister, común a todos cuantos aspiramos a ser físicamente responsables, es la realidad. Mueran hoy los discípulos para que renazcan en sempiternos alumnos.


Autor:

Luis Valenzuela Martínez, reólogo de la realidad artística
Bachiller en Filosofía Eclesiástica por la Universidad Pontificia de Salamanca. Estudiante del Grado en Filosofía en la Universidad Nacional de Educación a Distancia, España. Asistente de Coordinación en Filosofía Fundamental. Miembro del Seminario Permanente de Reología.
Áreas: metafísica, filosofía de la literatura, filosofía del arte.

1 pensamiento sobre “De la relación entre un maestro y sus alumnos

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