Los solidarios, construcción de un libro de filosofía

Loading

Notas de realidad

reología

por David Fernando Higuera
Bogotá, Colombia
11 de agosto de 2025

El pasado 29 de julio, se realizó la presentación del libro “Filosofía y realidad: Metafísica físicamente responsable. Volumen 1: El problema metafísico” (2025, Madrid: Ediciones de Filosofía Fundamental) por parte del Centro Autónomo de Investigación y Docencia Filosofía Fundamental. Este texto, autoría del Dr. Carlos Sierra-Lechuga, es la primera parte de una trilogía que se propone presentar sistemáticamente el asunto, por una parte, de la necesidad de pensar la metafísica desde parámetros distintos a los disponibles y, además, la alternativa de la reología como una herramienta filosófica físicamente responsable que, por lo tanto, sería capaz de sortear dicha necesidad. Lo cierto es que no es posible tratar el maremágnum de asuntos y pormenores teóricos de un libro tan robusto –tanto por su extensión, como por los temas que trata– en un espacio como este, ni es la intención.

Quisiera más bien escribir sobre dos asuntos muy puntuales que me son de interés. El primero, hablar de mi propia experiencia como partícipe de su proceso editorial, un asunto del que afortunadamente hice parte y que vale la pena hacer mención. No lo hago por algún tipo de alarde, sino más bien porque quiero puntualizar un asunto que se trata en el mismo texto. Mienta el libro que “Justamente por este fondo común de lo real, y dada la complejidad epistemológica creciente a la que hemos hecho alusión antes, el metafísico hoy se ve obligado a trabajar en equipo: en comunidad (κοινωνία). Hoy no puede haber metafísicos solitarios, más bien los que haya, bien entendidas estas líneas, serán metafísicos solidarios.” (cursivas propias. Sierra-Lechuga, 2025: 95-96).

Lo cierto es que estas palabras se hicieron muy patentes en la construcción del libro. Cada reunión, cada espacio de revisión y preparación del libro, se convirtieron también en ocasiones para la propia formación, pues íbamos revisando, página por página, las tesis construidas y observábamos cómo –algo que también se menciona en el libro– mucho de lo que se ha venido exponiendo obedecía a un trabajo de años que se fue construyendo en base a un constante debate en espacios como nuestro Seminario Permanente de Reología, o los distintos cursos y espacios que hemos ido trabajando como institución. Pero es que además íbamos notando cómo ese trabajo en equipo abría perspectivas, nos ponía en la incómoda situación de revalorar, de rumiar una y otra vez las expresiones, el uso del lenguaje técnico, tan acostumbrado en la academia, para ser lo más amigables posible con el futuro lector –eso sí, sin perder el rigor académico que merecen los temas trabajados en el mismo–. No es como si a lo largo de mi vida como estudiante y ahora como investigador en filosofía me haya visto en la tarea de trabajar en la publicación de libros, por lo que hablaría desde la ignorancia si me pusiera a comparar con otros procesos, pero algo de lo que sí puedo hablar con la propiedad que da el haber vivido en carne propia la edición de este documento es que, cuando el autor escribe ese pasaje que me he permitido citar, en verdad lo aplicaba a la hora de redactar su obra.

Por este fondo común de lo real, el metafísico hoy se ve obligado a trabajar en equipo: en comunidad (κοινωνία). Hoy no puede haber metafísicos solitarios, más bien los que haya serán metafísicos solidarios.

La solidaridad, al menos en este caso, no es entonces una de esas categorías muletilla, que sirven para quedar bien entre pares académicos, pero que a la hora de la verdad poco o nada tienen que ver con la realidad de las investigaciones. A lo que voy, para no expandirme de más, es que si bien no me vi en la tortuosa tarea de redactar y construir el libro –soy más bien un feliz espectador del proceso y un orgulloso lector del resultado–, puedo dar cuentas con mi propia experiencia de que mucho de lo que se dice no es algo así como esquemas ideales de lo que debería ser una investigación filosófica que se digne de ser llamada reológica, sino más bien un testigo objetivado del modo como, por años, hemos procedido y buscamos proceder quienes creemos en este proyecto.

Lo segundo que quiero mencionar, que tal vez poco tendrá que ver con lo anterior, es algo que a mí personalmente me parece fundamental. Bien sea porque es de mi interés investigativo, de mi ruta de conocimiento, bien porque es más que evidente el énfasis en ello en el libro. Quiero hablar brevemente del asunto de lo social. La crítica que trabaja el texto al respecto de la vía del logos refiere constantemente a las consecuencias –muchas veces obviadas– del modo de pensar que nosotros (occidentales u occidentalizados, como se quiera nombrar) vivenciamos. Ya sea en el modo tan propio de nuestras lenguas romances de nombrar al mundo, o en el afán devorador por considerar al mundo como nuestra fuente de materias primas; o incluso, también, en la manera en la que lo otro o los otros son vistos desde el punto de vista del nosotros. Simples ejemplos de un problema complejo y con muchas aristas.

Casos, insisto, no son pocos, pues es un tema álgido de estos nuestros tiempos tan convulsos, pero que, para efectos de la reología como proyecto de investigación metafísico, es fundamental. De ahí lo interesante –diría coloquialmente, la chicha– de lo que tiene que decir la reología frente a lo social. Y es que, a diferencia de lo que muchas veces se acostumbra, para la reología “hacer ‘filosofía social’ no es solamente ‘reflexionar’ sobre cuestiones de contingencia social, una suerte de periodismo filosófico sobre los temas de actualidad, sino hacer metafísica de la sociedad, de la dimensión social de lo real en tanto que trascendental” (Sierra-Lechuga, 2025: 359). Que lo social no es un pretexto para hablar de sistemas de pensamiento, más bien que lo social es el tema del que debemos hacer escucha activa para, en últimas, hacer metafísica, es lo que merece interés. Y es que la realidad –social en este caso– muchas veces duele, es innegable. Y nos hemos tomado tantas molestias para creer que el pensamiento debería estar depurado de este avasallador y muchas veces humanizador dolor que nos hemos ido olvidando (no todos, no siempre) que tras ver –también, por qué no, vivirlo que pasa y, al hacerlo, sentirnos impelidos: i.e. enojados, frustrados, dolidos, que precisamente es así como conocemos, con las tripas.

Lecciones caninas sobre la libertad,
por David Higuera Flechas

Cuando yo empecé a sentarme a leer y escribir lo hice porque mi mundo, este que fue puesto de terceras (vaya uno a saber dónde están ese primero y ese segundo que en algún momento “nos ganaron” la carrera), me con-movió a preguntarme del por qué de las cosas, y no encontré otra manera mejor de hacerlo que desde la filosofía. Y tanta filosofía me fue haciendo caer en cuenta de la maraña de supuestos y preconceptos que no sólo nublan nuestras razones, sino que además imponen un muy acomodado modo de hacernos mundo, uno que ponía a unos en gran desventaja frente a los otros. Cuantas veces no he sido víctima y victimario de esos sistemas que ven lo distinto como peligroso, que a muchos les impone ese complejo de hijo de puta (en palabras de Fernando González), esa dramática realidad de los nadies (que expresa Galeano) para quienes valen menos sus vidas que las balas que los matan; los que no son normales y que, por lo tanto, parecieran no merecer ser felices (tal y como retrata el poeta cubano Roberto Fernández Retamar). En fin, esos resabiados que no tienen espacio en ese mundo tan uniforme y hermoso al que cada vez le caben menos personas. Si hay algo que pudiera rescatar de la lectura del libro, es que me queda la sensación de que una filosofía que se ocupe responsablemente de tantas realidades invisibles puede y debe ser planteada; no como algo ya acabado, no como algo que deba ser propuesto con rigor impositivo –pues es más bien algo impelido–, pero, eso sí, como un llamado a esos tan normales para:

que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,
Las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan
Y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos
Que sus padres y más delincuentes que sus hijos
Y más devorados por amores calcinantes.
Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.

(Fernández Retamar, Felices los normales).

Si entre los lectores de esta nota hay algún interesado por la realidad, lo invito a leer el libro, bien sea para criticarlo, bien sea para conocer otras perspectivas investigativas, pues hay asuntos que merecen ser tenidos en cuenta a la hora de hacer filosofía y que este libro se esfuerza por hacer evidentes.


Autor:

David Fernando Higuera, reólogo de la realidad histórica
Docente e investigador en Filosofía Fundamental. Maestro en filosofía latinoamericana por la Universidad Santo Tomás (USTA, Colombia). Licenciado en filosofía y lengua castellana por la misma universidad. Sus intereses investigativos se enfocan en la metafísica, la obra de Xavier Zubiri y la filosofía social y de la historia. Miembro del Grupo internacional de investigación científico-filosófica Realidad y proceso.
Áreas: metafísica, filosofía de la historia, filosofía social.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *