Del hacer filosófico en el que-hacer reológico

Notas de realidad

reología

por David Fernando Higuera
Bogotá, Colombia
6 de julio de 2021

En una de nuestras sesiones del Seminario permanente de reología, retomábamos los comentarios y debates en torno al texto De res y de reus, o la incompletitud de la mera noología de Carlos Sierra-Lechuga[1]. Se trata de un escrito que reevalúa varias de las tesis de la noología, construidas a partir de la interpretación de algunos de los planteamientos de Diego Gracia. La lectura estaba pensada para problematizar el asunto de la reología, un procedimiento filosófico que se encuentra aún en «pro-yecto». Si digo que la reología opera como un procedimiento, es porque «procedimiento» significa, según la RAE, la «acción de proceder» y, asimismo, un «método de ejecutar algunas cosas», ahora veremos su importancia. Mi intención en este escrito es, simplemente, anotar algunas querellas interesantísimas que se abrieron aquel día, en medio de una discusión en torno a este procedimiento filosófico, en aras a mostrar al lector el orto mismo del quehacer reológico.

La reología es un momento «de llegada» de la investigación metafísica, cuyo momento «de partida» no es otro que la noología.

En tanto «proceder», la reología se ubica como un momento «de llegada» de la investigación metafísica, cuyo momento «de partida» no es otro que la noología. En este orden de ideas, la reología a) procede-de la noología y de esto se sigue que b) su carácter de procedente implica un procedimiento, del latín «pro» (hacia) y «cedere» (marchar), esto es: un marchar-hacia. Esto nos lleva al segundo aspecto que destaco. Como anotaba, procedimiento también es un «método de ejecutar algunas cosas». Coincidentemente, la etimología de la palabra «método» tiene un significado muy similar al de «proceder», puesto que el prefijo μετά (que en este caso significa «entre») y el término ὁδός (que quiere decir «camino»), da cuenta de un camino-entre el que nos hemos de abrir paso, como una marcha hacia un camino entre el que ya nos encontramos. En suma, tanto método como procedimiento implican de suyo la ejecución de un movimiento «hacia».

Estos vericuetos lingüísticos me sirven para dar a entender bajo qué premisas me muevo al explayar el carácter prospectivo del hacer filosófico. A mi modo de ver, esto es fundamental no sólo para quienes estamos en proceso de construir reología, sino de todo aquel que pretenda hacer filosofía con el debido rigor. Quienes actualmente nos reunimos en torno a la construcción de la reología, coincidimos en la necesidad de hacer una filosofía de la realidad a la altura de los tiempos; es decir, en consonancia con la estructura dinámica de la filosofía. La afirmación anterior requiere mayor claridad y, para ello, me detendré en la explicación de tres asuntos, a saber:

  1. En qué sentido me refiero al hacer de la filosofía.
  2. A qué me refiero con estructura dinámica de la filosofía.
  3. Cómo el acto de hacer filosofía debe estar a la altura de los tiempos.

1. El hacer de la filosofía

Respecto de la primera cuestión, quiero dejar claro el horizonte de mi querella. Tanto la historia como el quehacer filosófico son vastos y variopintos, lo que puede llevar a distintas interpretaciones acerca del qué de la filosofía. Pero independientemente de las conclusiones a las que se puedan llegar respecto al qué de la filosofía, no es difícil coincidir en que la filosofía es, ante todo, un hacer. El hacer de la filosofía es de suyo complejo, y una descripción de los distintos aspectos que diferencian el hacer de la filosofía de otras doctrinas del saber rebaza las intenciones de este escrito. Optaré por detenerme, por lo pronto, en un asunto que es esencial para la filosofía: su particular exigencia de rigor. En otras palabras, para hacer filosofía hay que ser especialmente rigurosos. El lector podrá considerar, con certeza, que no sólo la filosofía exige rigor en su proceder; de este requerimiento tampoco escapa el quehacer del científico, ni el del buen carpintero. Esto es cierto, no hay una marcada diferencia si sólo decimos que la filosofía es un hacer riguroso. Pero aquello que distingue el rigor del filósofo de cualquier otro radica en que la filosofía exige, en aras a ser rigurosa, plantearse su propio hacer de manera problemática.

Un asunto en el que se hace evidente este fenómeno de problematización autogestiva, radica en la pregunta por el punto de partida del saber filosófico. No son pocos (por no decir que todos) los filósofos o corrientes filosóficas que a lo largo de la historia han problematizado la posibilidad de hallar un punto de partida lo suficientemente robusto como para para dar rienda suelta a sus investigaciones. Es algo que comparten empiristas, racionalistas, idealistas, fenomenólogos, realistas y muchos otros -istas en la tradición filosófica: la búsqueda por un buen lugar desde el cual pueda lograrse predicar una verdad-verdadera respecto a la realidad. Este asunto es, a mi modo de ver, consecuencia de la exigencia de rigor que le es esencial a toda investigación filosófica. Pues bien, el hacer de la filosofía pone sobre los hombros del filósofo una problemática de la cual no puede escapar, y la reología no es un caso excepcional a esta exigencia.

Para nosotros, quienes buscamos hacer reología, el punto de partida más adecuado es la noología. Aunque noologías han habido varias en la historia de la filosofía desde el siglo XVII (noologia, seu habitus intelligentiae), nosotros partimos especialmente de su reconstrucción en manos de Xavier Zubiri. Esta surge como un intento de «Liberar la intelección, la inteligencia, de la adscripción a la función de juzgar. […] El acto formal de la intelección no es el juicio sino que es la aprehensión de la cosa real misma. Y esa cosa misma se nos da primaria y radicalmente […] en impresión de realidad»[2].

Como vemos, el proyecto noológico iniciado por Zubiri tiene la intención de desembarazar a la inteligencia, a la intelección, de ciertas categorías que la entendían como una facultad humana (habitus) con propiedades que iban más allá del único acto del que ésta no puede desembarazarse: el acto de aprehensión de la cosa real qua real. La razón que nos lleva a pensar que la noología es el punto de partida robusto, tiene que ver con el hecho de que sus conclusiones nos permiten afirmar la realidad (asunto central de la reología) libre de ingenuidades.



En suma: el hacer de la filosofía le permite distinguirse de otros haceres, darle su impronta propia. De esto se desprenden muchos factores que distinguen a la filosofía de otros quehaceres racionales; yo he escogido sólo uno de ellos, el de la búsqueda por un punto de partida riguroso a fin de mostrar el propio punto de partida de la reología: la noología. Sin embargo, como veremos a continuación, otra de las características esenciales del hacer filosófico es su estructura dinámica, la cual exige siempre un movimiento prospectivo. Es de este movimiento que se sigue la superación de la mera noología.

2. La estructura dinámica de la filosofía

Otro asunto esencial del hacer filosófico tiene que ver con su devenir histórico. Es un asunto muy propio del filosofar que se halle en constante diálogo con su propia tradición. Sin embargo, este fenómeno no obsta al hecho de que la filosofía consista en un hacer que se encuentre en constante movimiento prospectivo, en búsqueda de verdades. De lo dicho, se sigue que es esencial para el quehacer filosófico reconocer la tradición de la que mana, pero a su vez avanzar en sus indagaciones. Sirva mi afirmación para decir que, a la hora de hacer filosofía, convergen dos momentos: el de diálogo con la tradición y el de búsqueda prospectiva de verdades.

Los dos momentos que he mencionado le dan una impronta muy propia a la historia de la filosofía, pues, por una parte, su carácter dialógico le da al filosofar una estructura en el sentido de que cada nuevo peldaño del filosofar, al erigirse sobre un diálogo con su tradición, se articula co-relativamente. Por otra parte, su faceta prospectiva hace del filosofar un ejercicio dinámico, cambiante y en constante evolución. A esto me refiero con el hecho de que el filosofar cuenta con una estructura dinámica.

El caso de la reología no es distinto. En el ejercicio de construcción del quehacer reológico nos reconocemos deudores y continuadores de la metafísica, entendida ésta como el estudio de lo «físicamente trascendental». Este es un asunto que merece ser tratado con mayor detenimiento, pero de ello no me ocuparé en esta nota. Valga anotar por lo pronto que la forma de comprender el quehacer de la metafísica según estos términos ha sido ya sostenida por filósofos como Aristóteles, Tomás de Aquino, Duns Scoto, Francisco Suarez, Xavier Zubiri y otros tantos. De lo dicho se siguen dos asuntos: por una parte, que la tradición en la que nos enmarcamos carga consigo un largo y rico caudal histórico y, por otra, que el proceder de nuestro ejercicio, en aras a reconocerse como metafísico, busca profundizar en lo físico y escudriñar en él su carácter trascendental (o transversal).

Además, afirmamos que el primer trascendental de las cosas, en tanto que las atraviesa a todas ellas (trans), no es otro que la realidad. Toda cosa, antes de ser cosa, es real. Lo dicho puede sonarnos como una verdad obvia, pero de su obviedad no se sigue que esté exenta de una explicación rigurosa. Y para ser explicada rigurosamente, requiere de un punto de partida adecuado para dar rienda suelta a su posterior indagación. Como ya lo hemos mencionado, el punto de partida no es otro que la noología, pues nos permite comprender que la acto de acceder a las cosas y a su realidad es el de la inteligencia-sentiente, no una facultad (hipostasiada) de juzgar, como habrían asumido muchos filósofos en la tradición. Tras reasumir como punto de partida a la noología, el reólogo comprende que a la realidad «‘[hay] que ir de una manera distinta, [hay] que ir físicamente a la realidad físicamente presente en un acto de física impresión sensible’; todo lo contrario a ir ‘lógica’ o ‘conceptivamente’. Debemos empezar in medias res»[3].

Como vemos, la noología nos permite comprender que nuestra intelección no consiste en un ejercicio que parte de razonamientos puramente lógicos o conceptivos para, acto seguido, pretender acceder a la realidad física de las cosas. Lo que se da es más bien un acto de física aprehensión sensible, en el que se presenta una realidad físicamente presente. Es gracias a esta verdad esencial lograda por la noología que el reólogo se permite elaborar una metafísica in medias res y liberada de posibles realismos ingenuos, pues comprende que nuestro acceso a la realidad siempre y sólo está posibilitado por una inteligencia que es constitutivamente sentiente, pero también liberada de solipsismos racionalistas, pues reconoce la imposibilidad de que un acto racional pueda reposar en sí mismo: la razón, por sentiente, es razón impura.

Realidad no es «continente de cosas» ni tampoco lo «extra-metal».

El reólogo se reconoce, así, como un metafísico realista, pues trata el problema filosófico de la realidad como físicamente trascendental. Pero aquí «realidad» no es asumida como suele hacerse ingenuamente por otros realismos, a saber, como una suerte de «continente de las cosas», pero tampoco como un calificativo que reúne todo aquello que se da «extra-mentalmente». Para el reólogo, por su parte, la realidad es un más bien un carácter de las cosas, de-ellas, que todas ellas «comparten» (de allí que sea trascendental) y que se nos devela en y a partir del acto mismo de aprehensión sentiente. Y este carácter es el mismo que vamos hallando en la profundidad de las cosas, cuando investigamos sus fundamentos; no sólo ahora como un carácter en la aprehensión, sino como constitución efectiva de la cosa investigada. Así, siempre la realidad es para el reólogo rea de la res, pues sin cosas no hay realidad.

Retomando lo dicho hasta el momento, hemos definido ya el punto de partida de la reología: la noología. Además, nos reconocemos como continuadores de una tradición: la metafísica. Queda por ver el carácter prospectivo del hacer reológico, asunto que trataré a continuación.

3. Una filosofía a la altura de los tiempos

Habíamos anotado previamente que el hacer filosófico tiene dos dimensiones: una dialógica, en la cual el filosofar se encuentra en constante contacto con su tradición, reevaluándola y reasumiéndola críticamente; y otra prospectiva, en la que avanza en la búsqueda de verdades. Este último asunto pone de manifiesto el problema de la novedad. Puede pensarse erradamente que el hacer de la filosofía requiera, para ser novedoso, decir verdades nuevas que nieguen las anteriores. Sin embargo, esto es errado. El carácter de prospección del hacer filosófico (como en el fondo también el quehacer científico) no puede obviar su aspecto dialógico (y estructural). Esto quiere decir que, para decir algo novedoso, el hacer filosófico ha de ser arrastrado por los descubrimientos que él mismo ha alcanzado con anterioridad; novedad que puede implicar la superación de algunas verdades previas, pero no en razón de una huera originalidad, sino más bien del compromiso mismo del filosofar con la búsqueda de verdades. En este orden de ideas, la novedad de la reología no radica en «pretender ser una filosofía nueva»; más bien está en reconocerse en su debido momento y lugar dentro de la histórica estructura dinámica de la filosofía para, desde allí, hacerse filosóficamente.[4] Teniendo en cuenta lo anterior, Sierra-Lechuga nos dirá que:

Transición del horizonte de la nihilidad al de la factualidad, personificada en algunos filósofos.

«La aparición de términos aparentemente extraños, ‘noología’ y ‘reología’, tiene una precisa motivación al interior de la historia de la filosofía, vale decir, de la estructura dinámica de la metafísica: nuestro horizonte intelectual ya no es el de ‘movilidad’ ni el de ‘nihilidad’, sino el de ‘factualidad’»[5].

Esta cita no sólo reafirma lo dicho, también pone de manifiesto el hecho de que, en la estructura misma del filosofar (que en este caso es el de la metafísica), se dibujan horizontes de intelección desde los que se hace filosofía. De nuevo, este asunto merece un tratamiento más profundo, pero escapa a las intenciones de esta breve nota. Sólo diré al respecto que horizontes como el de la factualidad, en el cual se encuentra la reología, no son más que la expresión de la estructura dinámica de la filosofía, puesto que devienen de la consecución de nuevas verdades, obtenidas tras el imparable ejercicio de la razón (sentiente) humana, y que exigen del hacer filosófico replantearse la manera de entenderse y de habérselas con aquello que indaga. A esto me refiero con hacer una filosofía a la altura de los tiempos: al reconocimiento del ahora del conocimiento; es decir, de las verdades alcanzadas tras el inevitable dinamismo prospectivo del hacer filosófico, cuya reflexión revierte en la manera de hacer filosofía.

Así el reólogo, en tanto que se sabe cuandocado en el horizonte de la factualidad, toma consciencia de las verdades obtenidas por la razón humana (no sólo desde la filosofía, sino también las ciencias) para plantearse la construcción de verdades prospectivas sobre la realidad, pero siempre bajo el reconocimiento de que esta construcción veritativa sólo es viable ex post facto. Esta vía la exigen nuestros tiempos a todo aquel que se proponga plantearse inquirir racionalmente verdades reales. La obtención de verdades no es nunca a priori, ni proviene de una gimnasia meramente lógica de una suerte de razón pura e hipostasiada. El reólogo reconoce que la realidad siempre es dinámica, está en apertura y que nuestro acceso a sus verdades será por lo pronto parcial e incompleto, pero no menos acceso.

La scuola di Atene, por Rafael Sanzio

En conclusión, resta decir que esta nota de realidad parte de una serie de reflexiones propias acerca del hacer filosófico. Lo que motivó mi reflexión no fue otro asunto que mi quehacer como investigador activo del seminario de reología. Creo, y queda a juicio del lector si concuerda con esta creencia, que la reología se devela cada vez más en su estado de pro-yección, como un quehacer eminentemente filosófico, y esto se debe no a quienes nos proponemos hacer reología, sino a la estructura misma de la filosofía, de la que nos reconocemos partícipes. Si esto es correcto, lo que hacemos no es más que filosofía, reología es filosofía simpliciter, construida bajo la conciencia de su estructura dinámica y bajo los lineamientos que nos exige el reto de construir una propuesta que esté a la altura de los tiempos.


Notas:

  • [1] Sierra-Lechuga, C. (2021). “De res y de reus, o de la incompletitud de la mera noología”. En: El valor de lo real. Homenaje a Diego Gracia, Pintor-Ramos, Sierra-Lechuga, et. at. (eds.). Madrid: Ediciones Fundación Xavier Zubiri.
  • [2] Zubiri, en: Sierra Lechuga, 2021, p. 241.
  • [3] Sierra-Lechuga, 2021, p. 243.
  • [4] Cf. Sierra-Lechuga, C. (2020). «Reología, ¿en qué está la novedad?» Devenires21(42), 193-211.
  • [5] Sierra-Lechuga, 2021, p. 242.

Autor:

David Fernando Higuera, reólogo de la realidad histórica
Docente e investigador. Candidato a Doctor por la Universidad de Barcelona. Maestro en filosofía latinoamericana por la Universidad Santo Tomás (USTA, Colombia). Licenciado en filosofía y lengua castellana por la misma universidad. Sus intereses investigativos se enfocan en la metafísica, la obra de Xavier Zubiri y la filosofía de la historia. Miembro del Grupo internacional de investigación científico-filosófica Realidad y proceso.
Áreas: metafísica, filosofía de la historia, praxeología.
En Filosofía Fundamental: https://filosofiafundamental.com/david-higuera/

1 pensamiento sobre “Del hacer filosófico en el que-hacer reológico

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *