De los realismos de partida y de llegada: una contribución a su comprensión

Notas de realidad

reología

por César Rodríguez
Málaga, España
14 de septiembre de 2022

El objetivo principal de esta nota es el de ofrecer una tematización esclarecedora sobre las expresiones, aparecidas en más de un artículo sobre reología de Carlos Sierra-Lechuga, «realismo de partida» y «realismo de llegada». Pero antes de ello, me veo obligado a dar un rodeo con el fin de justificar contextualmente esta tarea.


Revisa el artículo: Reología y realidad: el problema de los realismos


Muy a menudo, y de manera natural, se emplean tanto en textos académicos como en charlas divulgativas expresiones que en cierto modo se alejan de una formulación técnica y de una pretensión de precisión y de evasión de la equivocidad. Su uso no es caprichoso, ni vago, ni siquiera falto de rigor. En la mayoría de los casos, la finalidad es la de un esclarecimiento pedagógico. Es el decir lo que se quiere decir, para ofrecer una aproximación al eventual tecnicismo, formalismo, u otras nociones que sí pretendan ser precisas e inequívocas (en la medida de lo posible). Cuando ocurre un uso reiterado y estandarizado de estas fórmulas tomadas del lenguaje corriente, eventualmente llegan a poder considerarse, también, tecnicismos más o menos equiparables o sinónimos de aquellos a los que en un comienzo acompañaban instructivamente. Pues bien: en mi opinión, este es el caso de «realismo de partida» para con «realismo noológico» (RN, técnicamente) y de «realismo de llegada» para con «realismo reológico» (RR, técnicamente también).

En algunos diálogos y debates con personas interesadas en la reología han aparecido, como es esperable, estas expresiones. Quizás precisamente la familiaridad de las palabras que las componen ha provocado una situación de confusión en cuanto al sentido que en su preciso uso portan. Contra toda intención, se ha llegado a caer en círculos viciosos de oscuridad en los que las continuas aclaraciones, cuyo presupuesto es el de evitar confusiones y malentendidos, no han obtenido nada para con su propósito. Todo encuentro de este tipo, y me lo digo también a mí mismo, debería implicar un esfuerzo de comprensión que pasa, en la medida de nuestras humanas posibilidades, por no «traernos demasiado a nuestra orilla», por no «familiarizar en exceso» las nociones. El hecho de que se trate de expresiones más o menos coloquiales (y no estrictamente técnicas), mezclado a veces con las limitaciones espaciales, temporales, y otras, del medio o contexto de comunicación, pasa por ser un caldo de cultivo para el extravío semántico y la digresión vana. Acaba pareciendo que las bienintencionadas aclaraciones son las que han puesto el palo en las propias ruedas, y en mitad del accidente, frenar ya no es una opción.

Pero sí que es una opción, tras la caída, y si la bici no está rota, pedalear uno con más calma. Y en esta calma se hace necesario, para todos los usuarios de la vía, pedirnos un esfuerzo comprensivo. Este esfuerzo consiste en tratar de ver (y hacer ver que se ha visto) lo que las pedagógicas expresiones pretenden decir y a la filosofía a la que corresponde. Esto no pasa por asumir las premisas: se puede negar la mayor, por supuestísimo. Tan solo, y me repito: ver y hacer ver que se ha visto, sin más. Un cuento, por supuesto, que todos deberíamos aplicarnos. Y dicho todo esto, ahora sí, trataré de entrar en las partidas y las llegadas.

Recuérdese, o téngase presente, que el origen de estos sintagmas es el de perfilar el «tipo» de realismo que ejercita la reología. Está dicho, y se seguirá diciendo, que no nos es suficientemente válido como «criterio definitorio» del realismo el de la asunción, presuposición o postulación de una «zona de cosas independientes de la mente» como el conjunto de las cosas reales, i.e., la realidad. Llamaré aquí a las visiones que tienen ese criterio, o aproximadamente ese, «realismo estándar». Sin embargo, realidad es, para nosotros, carácter y no zona o conjunto, es «de suyo», es rea de la res, etc., lo cual también está muy dicho y, con seguridad, se seguirá diciendo. No obstante, sí se podría, sin mucho riesgo, sostener que hay al menos dos preguntas de investigación que señalan campos de estudio que serían comunes tanto a los realismos «estándar» como a nosotros: la pregunta por en qué consiste la realidad y la pregunta por si aprehendemos o no (o en qué medida) realidad. Más latamente, habría otro enunciado, en parte sintético o unificador de ambas preguntas, sobre el que me atrevo a decir que también todos los realistas estarían de acuerdo. Este es: hay realidad

Resulta que, dicho muy groseramente, desde el «giro copernicano» en la filosofía, un problema crucial que hay que atajar es el de la aprehensión, la intelección, la experiencia, el conocimiento, el saber, etc. Me referiré indistintamente y sin detallar a esto como el asunto de la aprehensión. Simplificando, porque tampoco es ni posible ni deseable tratar pormenorizadamente de eso aquí, desde la época de la Crítica el así llamado ordo cognoscendi es, dígase, más urgente o incluso más primario en cuanto a su justificación que el ordo essendi. Algunas exaltaciones del criticismo se acantonan tanto en esta primordialidad de la justificación de la aprehensión que llegan a ignorar, o poner en tela de juicio, o a invertir lo relativo al orden de las cosas, al orden de la realidad como tal, al ordo realitatis. Solo se quedarían con lo que puede saberse y en tanto pueda saberse. No es nuestro caso (el de los reólogos). Mas el testigo que sí hemos decidido recoger, bajo la argumentada convicción de que con ello somos filosóficamente responsables, es el de que se puede llamar partida de la investigación a la justificación de la aprehensión, desde ella misma, para, eventualmente, llegar en ella a las cosas. Por supuesto que, en grandísima medida, fundamentaremos filosóficamente, explicativamente, reológicamente, la propia aprehensión una vez hayamos llegado a las cosas. O bueno, trataremos de hacerlo, iremos probando. Pero lo haremos con la tranquilidad de no haber tenido que presuponer ciertos rasgos cruciales, primerísimos, de las cosas, sino que habremos constatado que ya la propia aprehensión nos da claves para probar (saborear) las cosas tranquilamente.


Revisa el Breve tratado de reología apto para todo público


Lo único que estoy intentando decir es que hemos querido asumir la tarea histórica de partir de la aprehensión para no ser ingenuos. Entonces, si, de manera vaga e imprecisa, podemos decir que todo realismo conviene en que «hay realidad», podemos llamar que nuestro realismo de partida es aquel momento de la investigación en el que se prueba que hay realidad desde la propia aprehensión. Y, por tanto, es el proceso investigador que abarca gran parte de, pero no agota, la pregunta por si aprehendemos realidad (respuesta corta y provisional: sí) y en qué medida. Repito: es realismo porque muestra que hay realidad; es de partida porque lo hace desde la aprehensión, a través de un análisis de la misma. Al método que cristaliza el realismo de partida llamamos noología. La noología nos ayuda a ver que nuestra aprehensión es siempre aprehensión de realidad, y que esto significa que las cosas aprehendidas quedan como de suyo. Implica muchísimas más cosas, que si se quieren saber basta con leer la trilogía de Inteligencia Sentiente de Xavier Zubiri y echar un ojo a los muchísimos textos de distintos autores en torno a la misma. Sería deseable que en algún momento nosotros mismos ofreciésemos un curso de noología. Hasta entonces, sobra con el material ya disponible.

Así pues, la partida ya nos pone ante el hecho palmario de que las cosas aprehendidas son aprehendidas en tanto que de suyo, en tanto que reales. A diferencia de otras vías, dígase, fenomenológicas (no todas) que no se veían capaces de afirmar que el análisis de los actos de conciencia nos colocaba frente a la realidad en propio, la noología sí que se atreve, y justificadamente, a afirmarlo. Por lo tanto, se obtiene que en la propia partida hemos llegado a la realidad de las res. Por mucho que yo escarbe y rasque entre los entresijos más estrictos de la aprehensión y menos comprometidos con asunciones auxiliares para con la misma, no podré ver que no esté ante la realidad de la res. Es impepinable que lo aprehendido queda como real. Repito: hemos llegado a la realidad; claro que siempre hemos estado en ella, desde la partida. Ahora puedo contestar a la otra pregunta, la de en qué consiste la realidad. Y aquí diré, desdiré, y volveré a desdecir lo dicho y lo desdicho. Porque es una pregunta muy diferente la de cuál es la realidad de la res, a aquella de si lo aprehendido lo es en tanto que real. Averiguar mentiras, fantasmas, equívocos, errores, accidentes, creencias, etc., tiene que ver con lo primero, puesto que lo segundo, insisto, es impepinable.

El realismo de llegada es «de llegada» porque ya hemos constatado, citeriormente, que la realidad que hay está aprehendida como tal; hemos venido confirmando que estamos en la realidad.

De tal modo que el realismo de llegada es aquel en el que se consuma, propiamente, la reología. Es el estudio, eminentemente explicativo, y filosófico, de la realidad de las cosas. Ya hemos llegado: ahora pongámonos a decir qué son, en qué consisten, estas y aquellas cosas. Es realismo porque se profundiza en el «hay realidad». Es de llegada porque ya hemos constatado, citeriormente, que la realidad que hay está aprehendida como tal; hemos venido confirmando que estamos en la realidad. ¿Volveremos a la aprehensión? Sin duda alguna. Es interesantísimo y pertinentísimo. De hecho, es ahora cuando podemos volver con todo lo propio de una investigación reológica, en la que daremos cuenta de la realidad social, la realidad histórica, la realidad técnica, la realidad biográfica… No antes. O no explicativamente. Sí es cierto que, quizá, en el momento en que nos vemos nutridos de nuevas explicaciones, las formas descritas analíticamente en la noología tomen nuevos carices, tal que se muestren matices y detalles que antes no eran tan obvios. Para cualquiera que estudie con entrega y paciencia el método noológico se verá aproximadísimamente claro que esto no implica ningún grado de confusión entre lo que se dice noológicamente y lo que se dice reológicamente. Por ejemplo: podré decir, noológicamente, y llegado el caso, que la forma de la aprehensión en el «logos sentiente» muestra que la cosa aprehendida es noológicamente campal y por lo tanto implícitamente referida a toda otra serie de cosas comprendidas en el campo, que dotan formalmente de sentido a la cosa aprehendida. Pero lo que no podré decir noológicamente con completitud es que para aprehender una bacteria ha hecho falta un laboratorio, una formación académica, un nivel socio-económico, un desarrollo histórico-científico, etc., porque esto ya implica explicación fundamentante, y esto es algo ya reológico (específicamente de la reología de lo noopráctico). Podré, si acaso, caracterizar la relación formal entre los términos del campo en tanto que términos del campo, qué queda cerca del centro, qué en la periferia, qué fuera del horizonte, cómo se desplaza el campo logal, etc. Y esto de hecho tendrá un valor inmensísimo y de mucho calado para una ulterior investigación de la noopraxis. Pero no dejará de ser nada más, y nada menos, que noología.


Revisa el artículo: Un realismo para la epidemiología


En alguna ocasión, fruto de los debates mencionados al principio, vulnerables a su contexto, y dificultosos, algún interlocutor ha podido confundir la partida en tanto que realismo (esto es, la investigación noológica) con la partida en tanto que conclusión falsada. Así, se ha podido entender que lo que puede convertir al geocentrismo en realismo de partida, y al heliocentrismo de llegada, es el hecho cronológico, histórico o biográfico de ser lo primero una conclusión que es sustituida por lo segundo; como si se dijese que es de partida porque en algún momento fue dicho por algún filósofo o científico, y luego fue corregido. Entonces resultaría que, después, el heliocentrismo sería otra partida, y así indefinidamente. Pero esto es estrictamente incorrecto. Tanto el geocentrismo, como el heliocentrismo, en tanto conclusiones explicativas, mejores o peores, más o menos fértiles, son llegadas. Son respuestas al «en qué consiste esta res, esta realidad». Lo que puede hacer del geocentrismo, y también del heliocentrismo, un realismo de partida no es que sean la respuesta a la realidad de lo aprehendido, sino más bien y si acaso su inversa: si muestran o desmienten que eso aprehendido sea real. Si es válido e interesante el ejemplo del tránsito del geocentrismo al heliocentrismo es porque, noología en mano, nos sirve para ver que el primero no era aprehensión de irrealidades (de fantasmas, de espectros, de disonancias, o lo que se quiera para decir no-realidades). Eran, rigurosísimamente, aprehensiones de realidades. Y en un momento histórico-cultural determinado, una serie de eventuales llegadas de la investigación dieron con fundamentaciones explicativas que corrigieron conclusiones pretéritas para las realidades aprehendidas, algunas viejas, otras nuevas. Lo que haría entonces, y al igual que en el caso anterior, del heliocentrismo algo analizable en tanto realismo de partida es el hecho de poder constatar noológicamente que lo que es aprehendido bajo el rótulo «heliocentrismo» es algo real, y en tanto que real, en la propia aprehensión.

Vuelvo a repetir, como conato de conclusión: es realismo de partida, noología, todo aquello que contribuya al análisis de la aprehensión a través del cual se plasma que lo aprehendido queda, palmariamente, como real; y es realismo de llegada, reología, toda aquella investigación filosófica que vaya tratando de fundamentar explicativamente la realidad de la cosa, en qué consiste. Entonces tenemos que, así, o asá, y dicho con un simplismo que, seguro que algún disgusto me costará, todo es partida y todo es llegada. Todo es partida por cuanto la descripción del contenido inteligido no puede sino afirmar que tal contenido es de realidad; y todo es llegada si voy viendo cómo estos contenidos no pueden dejar de abrirme explicaciones, siempre parciales, siempre provisionales. Porque lo que estrictamente hay es una metafísica, que es noología y reología, y por lo tanto un realismo, en el que lo aprehendido queda como, y es, de suyo.

Autor:

César Rodríguez García, reólogo de la realidad viva.
Actualmente, Médico Interno Residente de Medicina Preventiva y Salud Pública en el Hospital Universitario Virgen de la Victoria de Málaga. Graduado en Medicina por la Universidad de Málaga, y Máster en Salud Pública y Gestión Sanitaria por la Escuela Andaluza de Salud Pública (Granada). Miembro del Grupo internacional de investigación científico-filosófica Realidad y proceso.
Áreas: filosofía de la salud, teoría de la salud mental, teorías de la causalidad.
En Filosofía Fundamental: https://filosofiafundamental.com/cesar-rodriguez/

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